Reflexión cristiana sobre la llamada a ser luz en el mundo desde la vida interior y la fe cotidiana.

Así nos llamó Jesús. Alguien me dijo una vez que si enciendes una luz en medio de la noche, en poco tiempo estarás rodeado de bichos. Me puse a reír. Pensé en Jesús, rodeado de mucha gente con tanta necesidad de verdad, de sanación, de luz. Luego recordé las palabras del Evangelio de Juan: el que es la Luz vino a este mundo. Me sentí como un bichillo al lado de Jesús.
Una vez, paseando de noche vi una luz entre unas matas. Era una luciérnaga. Sin duda «un bicho». Sin luz es hasta feo, pero con luz, se vuelve una presencia singular. Tambien lo pequeño ilumina la noche. También en lo que parece insignificante, puede hallarse una luz que habla de una belleza interior.
Bichos pero hermosos. Así somos.
Recordé a un matrimonio amigo mío. Ella, andaluza y salada (también dijo Jesús que éramos la sal de la tierra), llamaba a su marido «bichillo mío». El amor lo hace todo hermoso.
Así nos mira Dios. Es Él el que pone la luz de su amor en nuestras almas. Y así nos hace hermosos. Oh Hermosura, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?
Vino la noche. Las luces se iban apagando poco a poco. Las ventanas de la ciudad cerraban una a una sus párpados de madera. Entre las rendijas resplandores tenues que se difuminaban. El mundo duerme. Al lado de mi cama una lamparita antigua bañaba de luz tenue una figurita de madera de la Sagrada Familia: José, María, la Luz en medio. Buenas noches.
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