Soy Sacerdote

Reflexión cristiana sobre la suavidad del Espíritu de Dios presente en los momentos de calma interior.

Hoy hace viento. La gente camina con los hombros encogidos y las caras escondidas bajo los cuellos levantados de sus chaquetas.

—¡Qué viento, eh!— comentan al entrar despeinados en el bar o en el autobús. Todos con cara de frío. En las noticias: árboles caídos, tejados levantados…

—¡Uy, mejor hoy quedarse en casa!— comentaba un anciano.

Pero hoy hay algo más que el viento.

Las copas de los árboles barren las pocas nubes que quedan en la mañana, como si trabajaran para preparar un día claro, nuevo, despejado. Aparte del viento, los protagonistas invisibles: el sol, tímido en su calor, generoso en su color; y el cielo, de un azul intenso, casi de verano.

La noche ha sido larga, llena de sonidos. Susurros tras el porticón de la ventana.

En el alma, Dios invita al corazón a abrirse a su Espíritu. Hoy habla fuerte. Quiere ser escuchado.

Tras el vendaval, la brisa suave espera; el cielo despejado, el sol de la mañana.

¡Envía, Señor, tu Espíritu,
y renueva la faz de la Tierra!


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