Reflexión cristiana sobre el significado del ayuno en la vida espiritual y su relación con la humildad interior.

Hace algún tiempo, hablando del ayuno propio de la Cuaresma, alguien me regaló una imagen tan sencilla como profunda: el “hayuno”, así, con h.
No, no es una falta de ortografía; ahora lo explico. Según esta persona, había dos ayunos. El primero, sin h, es el ayuno elegido, el que uno decide comenzar con buena voluntad. El segundo es el “hayuno”, que llega sin avisar, que no se elige ni se programa.
Esta persona lo explicaba así: “Te levantas en paz, el corazón está sereno, todo parece en su sitio. Pero, a lo largo de la jornada, siempre ‘hay uno’ que choca con tu paciencia, que hiere tu sensibilidad, que te incomoda o te descoloca”.
Este otro ayuno es incluso más perfecto —decía— porque, mientras el primero vacía el cuerpo para ensanchar el espíritu, el “hayuno” vacía el orgullo para ensanchar la caridad.
Me resultó gracioso, pero está bien dicho: el ayuno prepara para el hayuno. En el segundo está la prueba de fuego. La paciencia no se alcanza sino siendo “paciente”, es decir, padeciendo un poco al otro.
Si, en lugar de ver las situaciones como una amenaza a la soberanía de nuestro yo, las viéramos como la oportunidad de crecer en la caridad, desearíamos más poner la h en nuestros ayunos que dejarlos así, sin h, meramente “correctamente escritos”.
Por otro lado, las h son mudas. Ni el ayuno ni el «hayuno» vociferan. En lo secreto riegan y transforman el corazón.
Así lo pide Jesús, aunque en el Evangelio se escriba sin h.
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