Reflexión cristiana sobre la espera en Dios, la paciencia espiritual y la fe en medio de la demora.

Dios nunca llega tarde, y sin embargo, a veces se hace esperar.
Olvidamos que la espera es también lugar de encuentro; quizás el mas privilegiado. Dios hace pausas para favorecer el encuentro, pero muchas veces vivimos tan acelerados que la pausa acontece como amenaza.
No había relojes en el paraíso: ¡será porque en el cielo no hay tiempo sino eternidad!
Y sin embargo, las pausas, los silencios, se nos hacen eternos, como si fuera el ruido lo que nos recuerda que estamos vivos.
Pero no es así como está hecho todo. Las manecillas del reloj tardan un tiempo en decidirse para moverse. Así, un segundo es en realidad un tiempo de espera, un espacio de quietud entre el instante presente y el siguiente.
Todo nos recuerda que no estamos hechos para el tiempo, sinó para la eternidad. El día en que se detenga el reloj de esta vida, comenzará un instante de encuentro eterno, con nuestro Creador.
Así, Dios no llega nunca tarde. La lentitud divina sólo se percibe en nuestra prisa. Y es que lo Eterno, trabaja despacio: es en realidad una espera amorosa.
Entre el tic y el tac del reloj, hay un Dios que espera.
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