Reflexión cristiana sobre el deshielo interior, la gracia de Dios y el despertar del corazón.

Recuerdo aquel día con dulzura. El sonido del silencio, la luz tenue, el frío cálido.
Ante mis ojos, un paisaje sobrecogedor. Estaba sentado junto al río. El invierno se apagaba. La primavera asomaba tímidamente, regalando algún rayo de sol que acariciaba mi rostro, como si no quisiera tocarlo del todo, solo hacerse sentir.
Frío y calor en perfecta armonía.
Pensé en el corazón del hombre, tan abrigado con ropas y telas por temor al frío.
Pero el rostro siempre a la intemperie, esperando la caricia divina.
Las aguas corrían alegres. Despertaban del letargo del invierno, cuando parecen deslizarse lentamente, casi dormidas.
Arriba, en las cumbres, aún nieve. En la parte umbría, incluso hielo.
También se deshará —pensé.
El corazón latía con fuerza. ¿Quería romper el hielo de su propia coraza?
La hierba aún estaba mojada. El sol evaporaba una fragancia suave.
Todo despertaba.
El aire se llenaba de luz.
“Respira”, sentí en mi interior.
Y respiré el aire, la fragancia, incluso la luz.
Cerré los ojos.
Ahora aquello estaba dentro.
Ya no hacía frío.
El corazón despertó en mil caricias de Amor.
Sentí el deshielo en mi interior.
De él nació un río. Lo llaman Gracia.
Sentí la Luz, la Vida, el Amor. Dios estaba ahí.
Abrí los ojos.
Todo estaba vivo, muy vivo. Fuego y agua en mi interior. Divina Presencia.
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