Reflexión cristiana sobre cómo el asombro abre el corazón a la presencia viva de Dios.

No fue la razón la que le entendió. Él no se sentó a explicar: vino a Amar.
Por eso no siempre comprendemos. El corazón tiene ojos, y hay que aprender a mirar. A Dios no se le entiende como una idea; se le reconoce cuando el corazón mira y se deja mirar. Allí nace el asombro.
Hoy nos asombramos poco. Y cuando el asombro se apaga, la razón se encoge; se vuelve cálculo, defensa, a veces miedo.
Sin asombro no hay escucha. Buscamos la Palabra en un sonido y no llega.
Entonces no oímos a Dios.
Pero Dios sigue hablando.
Desde el principio habló así: por el asombro. Cuando dejaron de asombrarse, se escondieron. Él no. Su Corazón gritó más fuerte. Su Amor nos buscaba.
“¿Dónde estáis?”
Y se hizo aún más cercano. Quería ser encontrado.
Y caminó con nosotros.
Así es Dios.
Quizá no necesitamos otro argumento más que volver a mirar desde el asombro.
“Estoy cerca”, -dice Dios- «muy cerca de ti».
Cierra los ojos.
Abre el corazón.
Allí el saber se vuelve sabor.
Asómbrate.
Mira de nuevo.
Escucha.
«Alma mía, nunca dejaste de ser amada».
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