Soy Sacerdote

Un dulce cansancio

Reflexión cristiana sobre el cansancio del alma y el descanso que nace al volver al silencio y a la presencia de Dios.


Al cerrar la iglesia, me quedé un momento sentado en el último banco. No había nadie.

La tarde caía despacio y una luz suave entraba a través de la vidriera, dejando sus sombras de colores sobre el suelo y los bancos. El templo estaba en silencio, ese silencio profundo que tienen las iglesias cuando la tarde va cayendo.

La luz de colores se iba apagando. Poco a poco, se difuminó hasta desaparecer. Fue entonces cuando mi mirada, antes absorta en aquellas luces, se dirigió hacia la única luz que permanecía: la vela roja junto al Sagrario. Su leve temblor dibujaba ahora sombras caprichosas en la pared.

Pensé en lo lleno que había estado el día: conversaciones, llamadas, gestiones, encuentros, pequeñas urgencias que siempre parecen importantes…

Me sentí cansado. Mi alma también palpitaba frágil, tímida, medio gastada, junto al Sagrario, como aquella pequeña llama roja.

—Ay, Señor… estoy cansado… ¿Será que el alma también se cansa?

De repente la llama tomó fuerza. Entonces comprendí: no puede iluminar si no se consume. ¡Qué misterio y qué verdad!

—Ay, Señor… estoy cansado… Pero que no me canse de amar.

Necesitaba volver.

Volver al silencio. Volver al lugar donde Dios espera.

Miré hacia el Sagrario. La pequeña luz roja ardía tranquila en medio de la penumbra.

Dios parecía no tener prisa.

Me quedé allí un rato más. Sin decir nada.

Y poco a poco el corazón empezó a respirar de nuevo.

El alma descansaba.
El fuego del Amor renacía en mi interior.

—Ay, Señor…
¡qué cansancio más dulce!


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