La tristeza de Jesús en Getsemaní fue el primer dolor de su Pasión.
Cuando era niño, los mayores me decían que Jesús estaba triste cuando me portaba mal. Pensar en eso era suficiente para intentar hacer las cosas bien. Todo era más sencillo.
Ahora ya no es así.
Ahora somos mayores y decimos a los niños que se porten bien porque, si no, Jesús está triste. Sin embargo, nosotros mismos ya no nos aplicamos esa regla tan sencilla que antes nos bastaba.
¿En qué momento dejó de moverme la tristeza de Jesús?
¿En qué momento empecé a preocuparme más de mí que de Él?
Ahora sé de su tristeza en Getsemaní. Sé de su dolor en la Pasión, de su entrega hasta la muerte en cruz…
Alma mía, ¿no te conmueve su tristeza?
He comprendido que la tristeza de Jesús no es por sí mismo. Es por mí.
Le duele que ya no me duela su dolor.
En el huerto de los olivos, lo que hirió más a Jesús fue mi indiferencia. Hasta tal punto que la primera gota de sangre surgió allí.
Por dejar de ser como un niño, me convertí en su primer verdugo.
Allí, en el silencio de la noche.
Todos dormían.
No hubo testigos. Pero allí estaban a solas, Jesús y mi pecado.
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