Soy Sacerdote

Reflexión cristiana sobre la sencillez como experiencia espiritual y la presencia de Dios en lo cotidiano.

Todos conocemos a esas personas anónimas que sostienen la Iglesia con su oración humilde y su presencia casi inadvertida. No hacen demasiado ruido, pero son como una luz brillante en medio de la oscuridad de nuestros tiempos. Sólo los humildes pueden ver esa luz; sólo los sencillos pueden calentarse en esa lumbre.

En una ocasión me encontré con una de estas personas. Era la típica anciana venerable: viuda, piadosa, fiel. La edad había hecho mella en su figura. Encorvada y apoyándose en su bastón, entraba en la iglesia arrastrando los pies, siempre abrigados por dos o tres calcetines. Tenía siempre frío.

Una vez le dije:
—Va usted muy abrigada.
—Ay, padre —me respondió, y me produjo cierta ternura que me llamara padre, siendo ella tan mayor—. Usted es muy joven; los ancianos siempre tenemos frío.

Tomó mis manos y las besó. Después, esas manos mías, besadas, tomaron su cara arrugada, que apenas asomaba bajo la bufanda gris.
—Hija —dije, sonrojándome interiormente—, usted no sabe la luz y el calor que nos da.

Estas personas que tienen frío dan muchas veces el calor que necesitan nuestros corazones, a menudo helados por estar tanto tiempo a la intemperie. La ternura de aquella mirada me situó de nuevo en lo importante. Una vez más, Jesús mismo había llegado a mi interior a través de los sencillos. Todo es más simple.

Al cerrar la iglesia me quedé solo ante el sagrario. Jesús estaba allí, como siempre. Pero ese día vi cómo también acababa de salir de la iglesia arrastrando los pies. Imaginé los pies de aquella anciana. Imaginé el frío. Luego vinieron a mi mente los pies llagados de Jesús. Antes de salir de la iglesia, aquella mujer los había besado en el crucifijo que hay en la entrada. Lo hizo igual que besó mis manos. Entonces comprendí. Le pedí al Señor que le devolviera el beso. Sé que lo hizo. También me lo devolvió a mí. Y sentí mi corazón de sacerdote siendo besado.

¡La dulzura de Dios es tantas veces una luz invisible! ¡Oh, si abriéramos los ojos! Veríamos que desde el Calvario se derrama más amor que sangre.

Volví mi mirada al sagrario. Estaba borroso. Mis ojos se lavaban en dulcísimas lágrimas.
—¡Sangre y agua! —dijo Jesús desde el sagrario.
No lo oyeron mis oídos; lo escuchó mi corazón.
Sangre y agua.

—Arrópame, Señor —le dije—, que tengo frío.

Un calor recorrió mi cuerpo. El silencio me arropaba. Todo se volvió sencillo.


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