No somos del todo conscientes. Si lo fuéramos, seríamos más felices, más libres. El Espíritu de Dios es el Amor de Dios en acción, que busca morada en el corazón del hombre. En ese corazón —en cada uno, en el tuyo y en el mío— hay una puerta llamada libertad. Dios no quiere traspasarla si está cerrada. Jesús llama, está a la puerta. El toc toc de Dios es acción de su Espíritu. Él espera que le abras.
En este mundo cerramos las puertas de casa para estar seguros. Ponemos cerraduras de seguridad y alarmas. Controlamos quién entra y quién sale de nuestra propiedad. En el plano espiritual hemos olvidado que ese espacio llamado corazón no es propiedad nuestra.
En el plano espiritual, para estar verdaderamente seguros, hemos de dejar la puerta abierta a Dios.
¿Por qué ponemos candados y luego le pedimos al Señor que derribe las cadenas?
Todo es más sencillo.
Al enemigo le gusta entrar como ladrón. Por eso le encanta que la puerta esté cerrada y con mil alarmas: así sabe que no hay nadie en casa. Pero si la puerta está abierta al Espíritu, la cosa cambia. El Guardián, el Defensor, el Paráclito, habita el corazón, y cuando viene el ladrón no lo deja entrar.
Es así de simple.
Así de fácil.
Así de hermoso.
Así que no lo pienses más. A partir de hoy, deja la puerta abierta.
